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Más de diez años de guerra en Siria han provocado una destrucción de las infraestructuras hídricas del país de tal calibre que ahora mismo los sirios solo tienen a su alcance un 60 por ciento del agua potable que existía antes del conflicto, según una evaluación del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

Antes de 2010, un 98 por ciento de la población urbana y un 92 por ciento de los residentes en zonas rurales disfrutaban de acceso “seguro” a agua potable. Ahora, solo funcionan la mitad de estos sistemas, y si bien la situación es compleja y presenta muchas capas, una cosa es cierta: todas ellas son consecuencias directas o indirectas del conflicto.

Por ejemplo, el CICR destaca que existe una vertiente generacional en el problema: muchos ingenieros se han jubilado sin aprendices que les sustituyan, a lo que hay que añadir el éxodo de muchos profesionales para escapar del conflicto. Por ello, instalaciones que habían escapado a los bombardeos están inoperativas de todas formas.

El jefe de la delegación en Siria del CICR, Christophe Martin, explica que el agua potable en el país depende de ocho sistemas principales que conforman un mapa “muy grande y muy centralizado” de instalaciones hídricas. Estos ocho sistemas “están ahora muy deteriorados” por falta de mantenimiento, piezas de reparación o recursos humanos.

Estos sistemas se subdividen en estructuras locales profundamente interconectadas entre sí, por lo que un fallo en una de ellas afecta a todas las demás. Además, todos dependen de la electricidad en un país donde la capacidad de suministro ha llegado a descender un abismal 70 por ciento en comparación con los niveles previos a la guerra.

La falta de agua deriva en la inestabilidad; un fenómeno particularmente palpable en el noreste de Siria, hogar de decenas de miles de desplazados y de refugiados de otros países, como Irak. Los pozos de la región están contaminados por los alcantarillados anexos y el agua que contienen “no vale ni para lavar ropa”, lamenta Tawfik, un residente de la gobernación de Hasaka, donde 700.000 se ven afectadas diariamente por la escasez de agua.

El CICR aprovecha para recordar que esto se debe a la destrucción de plantas de tratamiento de aguas residuales, como las que hay cerca de Damasco o Alepo, y que llevan casi una décadas sin funcionar. El agua contaminada acaba deteriorando los entornos naturales con el consiguiente daño a la agricultura o la salud pública.

La solución habitual, esto es, la adquisición de tanques de agua, solo responde una fracción de los problemas. “Solo cubren una parte del consumo y la situación es peor en verano, donde necesitamos un flujo constante”, denuncia Mahmud, otro residente de Hasaka.

“Estamos ante una cuestión que requiere una respuesta práctica”, indicó el presidente del CICR, Peter Maurer, cuya organización, en cooperación con la Media Luna Roja árabe, ha desarrollado proyectos de emergencia — irrigación, en particular — que han aliviado las penurias de 15 millones de personas a lo largo de la última década.

Una vez más, el CICR llama a la protección y preservación de las infraestructuras sirias, de conformidad con el derecho Internacional humanitario, así como un mayor nivel de participación, financiera y política, de un conjunto más diversificado de actores, incluidas las organizaciones humanitarias, las agencias de desarrollo y el sector privado, para resolver esta crisis.

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